La pintura “Mis restos siempre te han sentado bien” de Mario Pavez presenta una escena de intensa sensualidad y exuberancia barroca donde el cuerpo femenino, la comida y la tradición pictórica flamenca se entrelazan en un universo profundamente simbólico y autobiográfico. En el centro de la composición aparece una mujer desnuda y reclinada, cuyo cuerpo voluptuoso y vulnerable transmite una sensación de placer e intimidad. La mujer representada es una periodista, escritora y presentadora de podcasts española, a quien Mario Pavez conoció después de que ella realizara una entrevista sobre su obra. Esta dimensión personal transforma la escena en un espacio de memoria afectiva y admiración mutua.
Junto al pie de la mujer aparece un cuenco con sopaipillas, un plato tradicional chileno preparado por la madre del artista. Este pequeño detalle doméstico introduce una dimensión emocional y familiar dentro de la monumental teatralidad barroca de la pintura. La mujer sostiene además un clarinete entre sus manos y lo apoya sobre su cuerpo en una actitud cargada de erotismo y ambigüedad sensual. Uno de sus dedos penetra la campana del clarinet de manera explícitamente insinuante, estableciendo una asociación visual entre el gesto musical y el autoerotismo. El clarinete deja así de funcionar únicamente como objeto musical para convertirse en una extensión simbólica del deseo y del cuerpo, intensificando la dimensión carnal y provocadora de la escena.
Al fondo aparece una reinterpretación de “Filopómenos descubierto” del Museo del Prado, obra de Frans Snyders y Peter Paul Rubens. En esta apropiación, Mario Pavez modifica la figura situada a la izquierda con turbante blanco y reemplaza el rostro original por un autorretrato, incorporándose físicamente dentro del imaginario barroco que cita. Aves de caza, animales muertos y piezas de carne se acumulan en la escena como símbolos de abundancia, deseo y mortalidad, estableciendo un diálogo directo entre la carne humana y la carne animal.
En la pizarra del fondo aparecen fragmentos de la letra de la cumbia “Fuiste” de una cantante uruguaya llamada “Gilda”, incorporando un registro popular y emocional que contrasta con la solemnidad de la tradición barroca flamenca. La presencia de la música popular, la comida familiar y el autorretrato convierten la obra en una construcción híbrida donde lo culto y lo cotidiano, lo íntimo y lo histórico, conviven dentro de una misma escena.
La pintura funciona finalmente como una alegoría contemporánea sobre el deseo, el exceso y la fragilidad del cuerpo humano. Mario Pavez reactiva el imaginario barroco de Rubens y Snyders para hablar desde el presente sobre la relación entre placer y mortalidad, belleza y decadencia, integrando además elementos autobiográficos y afectivos que convierten la obra en una reflexión profundamente personal sobre la memoria, el deseo y la experiencia corporal.